viernes, 12 de agosto de 2016

Tormenta

Hoy, mientras oigo al viento soplar, he recordado esas noches de tormenta en las que mis padres se calmaban y sonreían felices mientras se dirigían al balcón a escuchar el melodioso sonido del viento acompañado de truenos y relámpagos que para ellos era como el canto celestial de los ángeles. Eran esas noches en las que el viento soplaba tan fuerte que movía carteles publicitarios, contenedores de basura y farolas, en las que golpeaba tan fuerte a las persianas que parecía que se fueran a partir en cualquier momento, y en las que el viento se colaba por las rendijas de las ventanas mientras emitía un sonido desgarrador. Recuerdo que mientras ellos sonreían felices ante este fenómeno y contemplaban la inmensidad del cielo inundada de lluvia y de luces parpadeantes acompañadas de un sonido que hacía vibrar mucho más que el suelo y los oídos... Mientras que la luz en casa se había ido y por mucho que subiéramos los plomos no cesaba de volver a irse... Mientras todo este caos reinaba tanto fuera como dentro de casa... Mi hermana y yo nos acurrucábamos en el sofá tiritando, muertas de miedo por los rayos y por si les pasaba algo a papá y a mamá que se hallaban más cerca que nosotras de ellos. Mientras ellos sonreían y disfrutaban del espectáculo que estaba dando el cielo, nosotras temíamos por sus vidas y estábamos al borde del llanto sin que ellos se percataran.

Han pasado muchos años desde que estas escenas se repetían. Cada vez que hay tormenta, mis padres ya no salen juntos al balcón a contemplarla. Mi padre ya no abraza a mi madre mientras escuchan el concierto del cielo apoyados en la barandilla del balcón. Ahora, cuando hay tormenta o el viento anuncia que llegará en breves, mi madre, sentada en el sofá o en el balcón, mira el cielo y se relaja contemplándolo, pero ya no sonríe, solo se para a sentirlo; lo mira como si no estuviera aquí, como si se evadiera, pero no sonríe.

Mi padre en cambio, estas noches suele seguir haciendo lo mismo de antes, pero sin mi madre, sale al balcón, se apoya en la barandilla y contempla el cielo. Sonríe, sí, pero ya no es la misma sonrisa. Ambos creen que no lo sé o que no me percato de ello, pero mientras mi madre contempla el cielo sé que imagina una vida paralela, donde no lo tenga todo, pero sí todo lo que necesita sin sufrir, solo siendo feliz; y mi padre, por el contrario, se limita a recordar esa misma situación de antaño, cuando esas noches no las pasaba solo en el balcón, sino que tenía a su lado la mejor compañía posible.

Es irónico cómo cambia la gente y cómo lo que antes te aterraba ahora te puede maravillar. Antes no entendía que a mis padres les encantaran las tormentas, para mí era como el fin del mundo repetido varias veces al año, ahora los entiendo o, al menos, creo hacerlo. Mientras todo tu mundo está tranquilo, mientras la soledad es tu aliada y tu mejor confidente aunque estés rodeada de gente, o incluso cuando tu mundo es un caos pero no te afecta, sino que te sientes aislada de los problemas o simplemente simulas que eres aceite y que por ti ellos se resbalan... Cuando te encuentras en esa situación y entonces se avecina una tormenta que minutos después llega pisando fuerte, llenándolo todo con su presencia y horas más tarde haciendo constancia de que ha estado ahí... Justo en el momento en el que su concierto está en el punto más alto, la nota más grave, la que más se te cuela adentro... Es ese momento en el que sientes que todo tu caos interior se está manifestando al mundo, que todos pueden escucharlo y, aunque tú no hayas abierto la boca, te libera y te relaja. Por eso, mis padres en el balcón a veces cerraban los ojos y se relajaban, dejaban salir todo su infierno interior y los apaciguaba.

Ahora, después de tantos años, adoro contemplar la lluvia, el viento de tormenta es mi favorito y cuando el cielo comienza su función... Cierro los ojos y me relajo.

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