martes, 8 de marzo de 2016

Los abuelos deberían ser eternos.

Cuando me preguntan que si creo en Dios... Digo que no. Pero creo en el más allá.
Sé que no hay nadie todopoderoso que decida nuestro destino ni quien nos ayude en nuestros malos momentos cuando como locos envueltos en llanto nos arrodillamos y suplicamos que nos brinde su ayuda para que todo nuestro mundo mejore. Pero puedo asegurar que en algún remoto lugar alguien nos vigila y nos cuida, un ser al que un día perdimos, pero que sin duda él no nos perdió a nosotros nunca de vista. Que vela por nuestra seguridad, que nos despierta para advertirnos del peligro que nos acecha, que vuela a nuestro lado y nos tiende un brazo comprensivo y pañuelos invisibles para secar nuestras lágrimas en nuestros peores momentos.
No sé si te encuentras a mi lado siempre o solo en ocasiones, no sé si tu lugar está aquí o en el cielo como popularmente se dice, quizás seas alguna estrella de ahí arriba que solo muere cuando debe, cuando en esta Tierra ya no le queda nadie a quien proteger. Sea dónde sea que te encuentres sé que cuando verdaderamente te necesite estarás y que el primero en recibirme con los brazos abiertos el día en que mi vida toque su fin... Serás tú.
Te conocí poco tiempo pero el suficiente para saber que contigo todo habría sido mejor, el suficiente para quererte y el suficiente para echarte de menos.
Contigo reí, hice tonterías, lloré cuando caí y sonreí cuando me recogiste.
Puede parecer que al perderte con tres años sea imposible recordarte ahora, y bien sabe la gente que mi memoria es un asco, pero he de reconocer que si actualmente mi memoria brilla por su ausencia es por empeñarme en recordar esos tres años de oro. Recuerdo tu risa, tu voz, tus abrazos, tu cariño, lo payaso que eras y las muecas tan particulares que tenías que jamás olvidaré porque mi hermana las heredó de ti... Recuerdo cada momento que compartimos en nuestras vidas por increíble que sea y sé que me haré viejecita y no recordaré qué comí ayer o qué hice el sábado pasado, pero sí seguiré recordando tu risa y tu cara al lanzarme por los aires.
No recuerdo el día que te perdí, y me alegro de que así sea, no quiero recordar el día más triste de mi vida, el día en que todo empezó a cambiar, por eso no te puedo escribir estas líneas en el aniversario de tu viaje sin regreso, pero te las escribo ahora que me salen palabras para expresar lo que siento.
Yo no soy de las que en sus días malos se arrodilla y pide a Dios que las cosas cambien, yo soy de las que se tumba en su cama en posición fetal, coge el conejo de peluche que me regalaste y llora en silencio hasta poder articular las palabras "abuelo, ayúdame"; no quiero que alguien sobrehumano cambie mi mundo, te quiero a ti ayudándome a mejorarlo o simplemente a saber sobrellevarlo.
Puede que no te vea, pero sé que estás aquí en los buenos y los malos momentos y poniéndome alerta cuando hay peligro cerca, enseñándome valores en silencio y ayudándome a encaminar mi vida.
Ante todo esto solo puedo gesticular "gracias" y...
Te echo de menos abuelo.